Piedras en mis hombros, luces en mi entorno, luchas por inflamar las celulas inhertes que deja el aliento de su olor. Procedes de las cenizas para rencarnar en su ser divino y lleno de vida, un animal. El alquimista absurdo y lento como su tiempo. Procurar tocar el viento de tu andar. Marejadas de suavidad que rosan el odio y temor de perder nuevamente, de volver a entrar a este universo de intercambio desinteresado en su inicio. Sumergo mi estancia que pega con la pared sin ahogamiento, sin pretención, sin aliento se acaba el tiempo.